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Sumario nº 04
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Dossier: Mujeres

Es habitual que los temas relacionados con la salud en el trabajo se aborden desde una falsa homogeneidad de la población trabajadora. Y, uno de los errores que más habitualmente se realizan es contemplar las condiciones de trabajo, la salud y la prevención desde una visión androcéntrica, esto es, aplicando el modelo o la realidad de los hombres a las mujeres.

Trabajos diferentes: riesgos distintos

En nuestra sociedad existe una segregación de sexos según los sectores de actividad y las ocupaciones. De manera general podemos afirmar que en la industria los hombres realizan aquellas tareas que requieren manipulación de pesos importantes y utilización de tecnología, mientras que las mujeres realizamos tareas más repetitivas, que requieren más atención, y que suponen manipular objetos de dimensiones más pequeñas. En el sector de servicios también se produce la división sexual del trabajo aunque no de una manera tan homogénea. Simplificando, pues, podemos afirmar que las mujeres realizamos fundamentalmente tareas de atención a otras personas, servicios sociales, administración y limpieza; mientras que los hombres realizan tareas consideradas técnicas y con un mayor reconocimiento social.

Y, evidentemente, de exposiciones diferentes se derivan riesgos y daños también diferentes. Entre los riesgos más señalados por las mujeres destacan las posturas inadecuadas, los ritmos excesivos, los trabajos monótonos y la falta de soporte social. Los hombres señalan como riesgos más importantes el riesgo de accidente de trabajo, la exposición a ruido y contaminantes químicos y la manipulación de pesos. Estas diferencias tienen importantes repercusiones prácticas en las políticas de prevención.

Nuestros riesgos específicos

El colectivo de mujeres tenemos riesgos específicos que están íntimamente ligados al género (rol y papel que las mujeres desempeñamos en esta sociedad).

Los horarios del trabajo asalariado, de las ciudades y de los servicios públicos, así como el desarrollo social y público del insuficiente estado de bienestar no se han establecido pensando en que cada día somos más las mujeres que estamos incorporadas al mercado de trabajo. Se han estructurado basándose en que detrás de las necesidades sociales de cuidado a las personas existe una mujer que tiene las 24 horas del día para responder a las exigencias del espacio familiar. Las mujeres nos hemos incorporado al mercado de trabajo sin que se hayan producido cambios importantes en quién y cómo se realiza el trabajo doméstico y la atención a las necesidades familiares. Esta realidad genera la doble presencia (necesidad de atender las demandas del trabajo doméstico y el trabajo asalariado) produciendo sobrecarga de trabajo, agotamiento y estrés.

Cada día somos más las mujeres que nos atrevemos a denunciar las situaciones de acoso sexual. El acoso sexual puede producir estrés con daños emocionales y físicos, afectar el rendimiento de trabajo, al absentismo por enfermedad, e incluso a dejar el trabajo para buscar otro. Las víctimas expresan sensaciones de asco, enfado e impotencia. También puede afectar el entorno de trabajo creando un ambiente humillante, hostil e intimidatorio, y, teniendo incluso efectos sobre la economía de las empresas.

Es sobradamente conocido que las mujeres vivimos numerosas situaciones de discriminación en el mundo laboral. Se ha estudiado poco cómo inciden en la salud las situaciones de discriminación; no ha sido un tema prioritario para la ciencia. Pero conocemos perfectamente que las situaciones de discriminación, sobre todo cuando no encontramos la manera de enfrentarlas, inciden en la autoestima, la satisfacción y la capacidad de relacionarnos con otras personas, y, por ende, afectan a la salud.

Dar la palabra a las mujeres

En nuestra práctica habitual nos encontramos con un hecho extremadamente generalizado: la poca importancia y valor que tiene la subjetividad, las opiniones de las mujeres.

Es habitual que cuando una mujer expresa que algo le molesta, que se encuentra mal, que le duele algo, que está cansada... se achaque a la supuestas características de las mujeres, ya que somos más vulnerables, quejicas, e incluso histéricas. Se supone que es normal que las mujeres tengamos dolores, estemos cansadas, deprimidas... como si se tratase de un mal divino que nos ha tocado vivir por el hecho de ser mujeres.

En más de una ocasión hemos oído que los problemas de muñeca por movimientos repetitivos se deben a que estas dolencias son más frecuentes entre las mujeres, sin darle el valor que tiene el trabajo que realizan como factor de riesgo. En anteriores números de Por experiencia hemos tenido noticia de dos casos: las intoxicaciones por n-hexano en la industria del calzado y las intoxicaciones por pesticidas en edificios. En ambos, las intoxicadas han sido mujeres. Y, las dos experiencias tienen algo en común: los síntomas iniciales (cansancio, hormigueo en las manos...) se achacaron a dolencias propias de las mujeres. Hoy 10 mujeres en el País Valencià y 13 mujeres en Catalunya presentan lesiones que les impiden realizar su trabajo y con importantes consecuencias en su vida cotidiana.

No nos ven

La cultura predominante de la prevención valora, fundamentalmente, los riesgos de accidentes de trabajo y las exposiciones a contaminantes físicos y químicos, infravalorando el resto de riesgos, y en consecuencia, discriminando de la prevención a colectivos expuestos a los riesgos ocultos e invisibles.

Una de las deficiencias y problemas en las actividades de identificación y evaluación de riesgos es que los riesgos más frecuentes entre el colectivo de mujeres son los más infravalorados y los riesgos específicos ni tan siquiera se tienen en cuenta. Pocas son las identificaciones de riesgos que contemplan en profundidad las condiciones de trabajo de las mujeres, y en consecuencia no se incluyen como riesgos en los planes de prevención. Entendemos que las prácticas preventivas deben contemplar e integrar al conjunto del colectivo a las que van dirigidas. Algo similar ocurre con los indicadores de salud: se utilizan los indicadores masculinos como parámetro universal. Por ejemplo es frecuente observar que en las metodologías de estudio del estrés no se contemplen las alteraciones de la menstruación como un indicador de salud, cuando sabemos que las mujeres que estamos expuestas a situaciones de estrés una de las alteraciones de la salud más precoces que presentamos son las alteraciones de la regla.

Actualmente existen muchas lagunas en el conocimiento científico. En los últimos años algunos colectivos de investigación han dedicado esfuerzos, fundamentalmente, al estudio de la ergonomía diferencial, el estrés, el embarazo, y los indicadores de salud. En el campo de la exposición a sustancias químicas pocos son los esfuerzos dedicados al tema, mientras van saliendo a la luz graves intoxicaciones como las que explicábamos anteriormente. Es necesario que los poderes públicos sean conscientes de estas deficiencias y se desarrollen políticas dirigidas a potenciar la investigación y búsqueda de soluciones a estos problemas emergentes.

La participación de las mujeres

En los puntos anteriores hemos señalado algunos de los problemas que provoca que las condiciones de trabajo y salud de las mujeres queden, hoy, invisibles; y, para cambiar esta realidad es imprescindible potenciar y dar valor a la participación de las mujeres. Las mujeres debemos tomar la palabra como trabajadoras y como delegadas de prevención. Nuestra voz, expresión de nuestros conocimientos, experiencias y reflexiones deben ser oídas. Nuestra realidad debe ser contemplada en los planes de prevención.

Neus Moreno
Departament de Salut Laboral de la CONC
Bea Masià
Secretaria de la Dona de la CONC

 

 

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